Dentro del mundo tech existe una ideología que, en realidad, puede aplicarse a todas las áreas de la vida de una persona: la sensación de tener todo bajo control. Esa percepción aparece sobre todo cuando pensamos que todo es seguro y que las cosas marchan conforme a lo que queremos.

Sin embargo, la realidad suele ser caprichosa y nos tuerce los planes. ¿Cuántas veces no ha pasado que quieres ir a una obra de teatro y, de repente, surge un “bomberazo” un viernes por la noche al hacer deploy en producción del sistema más crítico de la empresa? Situaciones así ocurren y pueden arruinar lo que ya tenías planeado. Yo lo he vivido, y se siente horrible.

Ahora imagina que esa situación no ocurre solo un viernes cualquiera, sino que se repite cada fin de semana, o incluso cuatro o cinco veces por semana en los casos más extremos, cuando un sistema mal diseñado provoca constantes emergencias.

Con solo pensarlo ya resulta aterrador, ¿verdad? (aprovechando que se acerca el mes del terror, muajajaja). Este es uno de los principales síntomas que pueden obligar a cualquier dev a querer dejar su trabajo. Pero, en un contexto lleno de incertidumbre —del que ya hablé en otro post—, resulta complicado pensar que renunciar realmente mejorará las cosas. La realidad dicta que las vacantes son mucho menores que la cantidad de recién egresados, y según varios estudios, cada nuevo profesional compite contra 10 o 20 desarrolladores ya establecidos.

Bajo esa estadística, el panorama tampoco mejora para los devs seniors con trayectoria, ni para quienes tienen experiencia intermedia (como en mi caso, con 6 años como dev). Cuando aparece una nueva vacante en una empresa X, en pocas horas ya hay más de 100 postulados. Esto demuestra que, aunque uno quiera irse, debe pensarlo dos veces.

Por otro lado, también existe la comodidad real dentro de un trabajo. Muchas veces, cuando ya estás establecido, conoces las tecnologías de la empresa, resuelves problemas rápido y logras cierto equilibrio en tu vida. Entonces piensas que tu vida está resuelta y solo te preocupas por disfrutar lo bueno. Pero esa comodidad puede condenar a un desarrollador a mediano y largo plazo. Incluso Fernando Herrera comenta en uno de sus podcasts de DevTalles en YouTube que su padre prefirió quedarse cómodo en una tecnología que hoy ya no existe (como pasó con Flash, guiño guiño). Si eso le ocurrió al padre de una figura pública reconocida, ¿qué puede esperar un dev común encerrado en un ático o que solo se queja de que la IA “es mala”?

Por eso, lo mejor para distinguir si estás en una zona de comodidad o si en realidad tienes miedo de dejar tu trabajo —ya sea para cambiar de empresa o emprender— es hacerte estas preguntas:

¿Me quedo en mi puesto actual porque realmente disfruto la estabilidad y el ambiente, o porque temo no poder adaptarme a un nuevo reto?

¿Cuando pienso en cambiar de trabajo, lo primero que aparece en mi mente es entusiasmo por aprender algo nuevo o preocupación por perder lo que ya tengo?

¿Estoy rechazando oportunidades porque considero que no aportan valor a mi crecimiento, o porque me da miedo no estar a la altura de las expectativas?

¿La idea de permanecer en el mismo lugar me da tranquilidad y sentido de propósito, o me genera frustración pero me paraliza el miedo a lo desconocido?

¿Mis decisiones laborales se basan más en lo que quiero construir a futuro, o en evitar riesgos inmediatos como perder ingresos o enfrentar un entorno desconocido?

Si respondes afirmativamente a dos o más, puedes concluir que el miedo está dominando tu mente. Y déjame decirte algo: quien no enfrenta ese miedo, siempre lo tendrá, y con el tiempo crecerá aún más. Ojo, esto aplica solo para quienes ya no están conformes con su trabajo o, aunque lo estén, sienten en su interior el deseo de construir algo propio.

¡Nos vemos en el siguiente blog!